Federico Levín


Bolsillo de cerdo

Bolsillo de cerdo

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Silvina Ocampo escribió: “Ninguna cosa es más importante que otra”. Un personaje de Bolsillo de cerdo, la nueva novela de Federico Levín, parafrasea: “Hay muchas partes que tal vez no son importantes, pero yo no sé separarlas de las otras”. La declaración –enemiga de la lógica escolar según la cual lo que abunda sí daña– efectiviza el comentario de Ocampo: lo transforma en regla de escritura. Es importante, porque de lo que sobra dependen los aciertos de Bolsillo de cerdo –y algunos de sus defectos. Levín recupera los personajes de Ceviche, su novela anterior, también publicada en la colección Negro Absoluto. El Sapo, crítico gastronómico decadente, y Dionisio, su ladero vagabundo, siguen en el Abasto. Antes iban por restaurantes peruanos; esta vez son encerrados en “Zharkoie”, un restaurant ruso que confina todo el libro. Se cierran las puertas y quedan: un grupo de comensales –testigos de una celebración–, cinco miembros de la familia que regentea el restaurant y, con ellos, cinco relatos distintos que arman la intriga (¿qué se festeja?). La comida y la bebida son regadas con abundancia inexplicable. Hay un olvido del mundo que se traduce en un narrador que cuenta como si no fuera a detenerse nunca y unos personajes que actúan como si el mundo se terminara. Entre lo que sobra en la novela hay ironías y acotaciones del narrador. Pero también otras cosas –ahora sí– más importantes: descripciones que construyen un clima enrarecido; conexiones entre capítulos que juegan con el género negro y hasta el best-seller; versiones de una misma historia que arrastran al lector. Como sucede con algunos platos, la contundencia de Bolsillo de cerdo resulta de sus agregados.

Lucas Mertehikian

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