Cristian De Nápoli


El pueblo le canta a sus familias disfuncionales

El pueblo le canta a sus familias disfuncionales

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Esta noche estamos presentes para festejar la publicación del nuevo libro de Cristian De Nápoli: “el pueblo le canta a sus familias disfuncionales”, de la editorial añosluz, que reúne poemas escritos entre 1997 y 2005. Cristian me invitó a que dijera unas palabras sobre el libro; así que te agradezco públicamente el convite y acá vamos:

A Cristian lo conozco desde el 96, cuando estudiábamos Letras y él trabajaba en la fotocopiadora- librería ZIM de la calle Puán y así, medio en secreto – entre Literatura Argentina II y el material que dejó la de prácticos del sábado- te comentaba sobre un sello independiente, que se llamaba Ediciones Astier, donde había publicado “Límite bailable” su primer libro de poemas. Esa escena, para mí, resume, en gran parte, muchas de las cosas que me gustaría decir hoy. En esa “estampa” (para usar un término de su libro) vemos a un poeta, a un editor (porque sino lo adivinaron, sí, Ediciones Astier, era él, es él),  a un divulgador de lecturas y a un trabajador. Vemos a un hombre de acción y de letras o de acción en las letras, como quieran.

Desde ese momento, Cristian viene escribiendo, publicando, escribiendo, traduciendo, leyendo, escribiendo, compilando, uniendo autores y libros; capaz, el ejemplo más grosso sea el querido “Festival Salida al Mar”, que mantuvo vigente por 9 años, que se cargó al hombro y permitió conectar, en una red social de carne y hueso, poéticas y poetas de varios puntos de América Latina: Chile, Uruguay, Colombia, México, Paraguay, Brasil, Bolivia y también, poetas del interior de nuestro país. Para ese entonces, Ediciones Astier se había transformado, ya escribía -como  dijo Arlt- como quien tira un cross a la mandíbula del rival.Y ese oponente era la invisibilidad del poeta, de la poesía contemporánea.

Yo creo, por sobre todas las cosas, que Cristian es un tipo generoso con su literatura y con la de los demás. Tiene eso del barrio, de antes, de armar equipo, invitar a jugar en la calle, con una pelota inventada, hecha con medias. Eso está en su literatura.

Por esa acción, dentro y fuera de la poesía, Cristian es un poeta “homo faber”, un artesano de la palabra, que busca en la forma y en el ritmo y eso se ve, particularmente, en este libro que tiene un trabajo particular con la rima.

“el pueblo le canta a sus familias disfuncionales” se estructura en 4 partes: anagramas;canciones; pareados (que en definitiva es una estrofa de 2 versos, o sea un estribillo de la sección anterior, de las canciones) y estampas. Y ahí está la aventura del poeta, que arriesga y pasa por diferentes géneros, va de menor a mayor en la extensión de los versos, prueba, revisa el concepto de lírica. Se ve laburo,  hay ganas de escribir.

En todo el libro hay algo de “poesía exteriorista” porque, con un repertorio único, el poeta incluye temas variopintos. Canon que comparte el árbol genealógico con revistas de historietas, la fábrica de alfajores, la guerra y un tren que fue de Perón.
Y así, el poeta actúa como un ecualizador de voces y produce un texto coral donde cada voz, aunque provenga de un mundo ajeno, aunque sea una voz casi extraterrestre, afina. Por eso, es sencillo que el lector pueda poner algo personal en estos poemas; es un libro que permite hacer pie en un mundo -que compartido o no- se vuelve familiar, disfuncionalmente familiar, para cada uno de nosotros.

Sin dudas, el libro tiene un link con la música, no sólo por sus “canciones” y las referencias musicales explícitas, sino también porque la serie de poemas arma un sistema parecido al de la música sinfónica. Acá también hay cambios pequeños, en los tonos, en los registros (lo que es anagrama crece y se hace canción; luego, la canción se trasforma en pareados, que después crecen hasta ser estampas) y así, con cada movimiento- crecimiento se llega al florecimiento, en la búsqueda de las imágenes: “El héroe atraviesa el oeste con su mirada de rayos X”; en la búsqueda de “la” palabra: “eran los rubendaritos”, “yo soy la operación vos el transplante/ vos sos el mediomundo yo la red (…)”; en el hallazgo de la calle: “le enseñamos a los kelpers a hacer alfajores” o “la tanada tiembla en su base matriarcal”.

Y ese cambio, desarrollo y florecimiento que tiene cada sección del libro y que une a las partes del todo, también lo podemos ver como una dinámica que parte de la infancia (con esa potente imagen del niño de tapa), se despliega en la adolescencia cuando la poesía pasa por “los Pistols en Castelar” y en grabar cassetes con temas de Spinetta y al final, reverdece en la madurez, en la distancia ante las cosas, para escribir años después (uno de los momentos más altos del libro) sobre la visita del Papa en 1982 a la Argentina, Malvinas, los vaivenes de un barrio y una familia que se preparan para el neoliberalismo, la bandera y el abandono de la fe ciega en los héroes de historietas, el plop de Condorito y los músculos de Flash Gordon.

Y en ese giro, no podían faltar los padres pero reordenados en un nuevo sistema literario y disfuncional, donde conviven: Alberdi y Catulo; Sarmiento y  Marx; El Che y Bowie; Spinetta y Darío. Después de leer el libro nos queda la certeza de que acá hay un poeta que escribe con esa mirada tan propia del poeta, la de aquel que escucha canciones en lugares donde los demás sólo oyeron un silencio sepulcral.

A su modo, y sin grandilocuencia, el libro recorre las diferentes experiencias de la condición humana y podría decir, en su mini recorte, del ser argentino, de lo que es vivir y crecer en un país como la Argentina, en una ciudad como Buenos Aires, en el realismo, del borde de la General Paz. Y sí, también es un libro donde hay humor.
Y adonde hay espacio para que el lector pueda volcar cosas personales. Y donde hay política porque hace pensar y también hay emoción. Y donde hay talento. No es una marcha panfletaria. Tampoco es un tango melancólico o un pop superficial. Es una música rara, personal.

No es casual que haya un pasaje en donde el poeta, el yo, se pinta. Hace facturas (de las de panadería) y se pregunta si hace “facturas o escrituras”. Y ahí, está otra vez el overol, la manufactura del poeta. Y también está el poeta oracular, del que hablaba Leónidas Lamborghini, como de ese que sabe captar el eco de su época. Está ahí, haciendo obra -en el sentido más concreto de la palabra- con temas espinosos, casi bizarros pero muy potentes de nuestra historia, para darlos vuelta y reconstruirlos. Claramente, hay un poeta que le canta a la historia de su país, a ese país- familia, disfuncional, en conflicto casi permanente pero con materiales que evidentemente para Cristian no son de demolición.

En definitiva, el poeta que es testigo de su tiempo, hace cruces que sólo el poeta hace y “el pueblo le canta a sus familias disfuncionales” tiene esas clase de encuentros inesperados, presenta esa visión que sólo los poetas de verdad -y los superhéroes que ven con rayos X- pueden captar.

4 de octubre de 2012
Florida- Prov. de Bs. As.
Florencia Castellano

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