Selva Almada


El viento que arrasa

El viento que arrasa

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Lu Reads #1: El viento que arrasa, Selva Almada, Mar Dulce, 2012.

¿Qué me llevó a que la primera reseña fuera una novela de 2012? La verdad, no sé bien. En las primeras averiguaciones algo me había llamado la atención, en las semanas en que estaba haciendo los primeros pedidos justo vi que Garamond12 la había reseñado y finalmente lo que me terminó por convencer fue el consejo que vino de las entrañas mismas de Mar Dulce. Y yo compré como cuando en High Fidelity se vendieron las 3 copias de The Beta Band que Rob se había propuesto.

El viento que arrasa tiene una quietud que uno no imagina en su título. Es una anti road novel, pareciera que nunca arranca, como el auto del reverendo protestante que cayó por esas cosas del destino (o de la providencia del Señor, a ojos del protagonista) en un tallercito del interior. Nos morimos de calor en ese taller, nos caen mal la cerveza caliente y los sermones pastosos del reverendo. Leemos incómodos y no entendemos el registro, a mitad de camino entre el tono religioso del reverendo (que a todas luces suena norteamericano) y el campechano de su contraparte, el dueño del taller (más atemporal que campechano, a decir verdad; como si viviera en un país que no miramos y que se congeló en el tiempo). Pero no dejamos de leer. ¿Hay algo en ese calor que nos mantiene entregados a la lectura? Sí, la épica que intenta prometer desde el título y que finalmente está presente en los breves capítulos de la breve novela. El viento que arrasa se hace fuerte no en la acción (no pasa mucho, en concreto, ya hablé de quietud al principio) sino en esa épica. Somos pacientes, hipnotizados por el libro, como los fieles del reverendo. Ayuda mucho la redacción, que no se enreda en lo innecesario, va al punto. Las imágenes, precisas, con descripciones contundentes, nos ayudan a construir con facilidad la película que leemos. En conclusión: hermanos, entréguense a estas páginas y serán redimidos.

Les dejo mi fragmento preferido:

—Ahí tenés tu luz mala —le dijo.

El changuito se puso a llorar como una magdalena y el Gringo tuvo que agarrarlo del brazo y llevarlo a la rastra hasta el lugar del hallazgo.
Al pie de los árboles encontraron la osamenta de un animal mediano, un chivo o un ternerito. Apuntó con la linterna y le mostró cómo de los restos pútridos, de la materia inflamada, se elevaban pequeñas llamas que vagaban en el aire oscuro de la noche.
Ahora pensaba que tal vez debería haberle advertido acerca de los cuentos de la biblia. Encontrarle su explicación natural a la luz mala había sido fácil. Pero sacarle de la cabeza aquello e dios, no iba a ser una tarea simple.

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